1 mes, 4 días y 7 horas. Nosotros lo estamos viviendo, si nosotros.
Tú también, aunque en un pasado muy lejano seguramente. Todo eso que veíamos en
las películas de ciencia ficción, todo eso que quedaba tan lejos de nuestra
realidad, es hoy nuestro día a día.
Todo comenzó hace ya varios meses en una ciudad de China. Un virus
atacaba a la población de esta ciudad, e iba arrebatando miles de vida. Desde
casa veíamos las noticias, considerábamos que exageraban y en ningún momento
pensamos que todo iba a cambiar en un segundo.
A pesar de todo, nosotros seguíamos con nuestras vidas, yendo a
clase, cogiendo el metro, comiendo con la familia, saliendo de fiesta. Y ahora,
después de todo, ya ni siquiera recordamos cual era nuestra rutina.
A Europa llego hace más o menos dos meses, por ser más concretos
en enero, y como la pólvora se fue expandiendo tan rápido que en menos de 10
días por precaución ya habían cerrado colegios, universidades, restaurantes,
tiendas e incluso ya habían cancelado nuestra mayor fiesta tradicional, las
fallas.
La gente tenía miedo, yo tenía miedo, por lo que tú también claro.
La verdad no sé en qué punto fui consciente de lo grande que era esta situación
de emergencia, la gente dejo de ir a trabajar, los hospitales empezaron a
llenarse, la población arrasó los supermercados, como si se tratará del fin del
mundo.
Cada día aumentaban los casos, y en las noticias, redes sociales,
internet, solo veías que las cifras de fallecidos iban aumentando que enfermeros,
policías, médicos arriesgaban sus vidas por salvarnos a los demás, caían
infectados por la falta de protección. Y es entonces cuando te das cuenta de
que viendo lo que hay fuera, a lo mejor no se está tan mal en casa.
Pasaban los días y cada vez se hacía más pesado, más aburrido, más
agobiante y duro el no poder salir, estábamos concienciados de que era un
trabajo de todos y para todos. El mundo se había parado, y es ahí cuando
empezamos a preguntarnos acerca de uno mismo, de los demás, de todo lo que nos
rodeaba. ¿Por qué sin nos habían creado para ser libres estábamos encerrados? ¿La
cuarentena estaba separando o uniendo a la gente? ¿Y si necesitábamos esto para
concienciarnos?
Y así fue, cuando empezamos a echar de menos nuestra rutina,
cuando los besos los lanzábamos a las pantallas, cuando la gente no podía dar el
último adiós a sus familiares, cuando salir a comprar el pan era una salvación,
ahí nos dimos cuenta de que habíamos perdido tanto en tan poco que era
imposible no cambiar.
Comenzaron las primeras veces, los primeros retos de internet, las
primeras videollamadas, las primeras nuevas rutinas de deporte, las primeras
recetas, manualidades, clases online, juegos en familia, pero, sobre todo, los
primeros aplausos en el balcón. Durante toda la cuarentena y seguramente
durante mucho tiempo más se ha vuelto una tradición escuchar la canción de “Resistiré”
seguido de una ovación de aplausos, dedicado a todas aquellas personas que
siguen día a día a pie de cañón para que todo acabe cuanto antes.
Alba C.
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